Para andar, la diversidad de criterios existentes para definir
en qué momento se es persona demuestra la imposibilidad
de utilizar esta definición para resolver la controversia.
Algo similar ocurre con el concepto "vida". Para
andar no hay un significado unívoco de vida. Preguntarse
sobre ésta conduce a la cuestión sobre la
calidad de vida y a interrogantes particulares sobre qué
se valora más en cierto momento: la vida con escasas
posibilidades concretas de sobrevivencia, la vida con grandes
limitaciones y sin autonomía, la vida vegetativa
o la vida con actividad cerebral, por ejemplo.
La
aceptación o prohibición legal del aborto
son, justamente, manifestaciones de esta diversidad de valoraciones
sobre la vida. La pluralidad de posturas hace imposible
establecer un código bioético definitivo.
Frente
a la imposibilidad de encontrar un código de valores
único se vislumbran alternativas intermedias, entre
las que se encuentra el establecimiento de un bioderecho,
o sea, una normatividad jurídica que configure el
"ámbito lícito de la bioactividad".
En este debate no sólo interviene el derecho sino
que confluyen disciplinas diversas: la filosofía,
la medicina, la teología, la economía, la
psicología y otras ciencias sociales. Esto es así
porque la reflexión sobre los temas planteados por
la bioética tienen relación no sólo
con la libertad de la ciencia y de la persona en cuestión
sino, también, con el dilema moderno entre la libertad
individual y la responsabilidad social.
Para
andar los valores recogen aspectos de la experiencia y la
potencialidad humanas y reflejan las normas que las personas
creamos para convivir. De ahí que la autodeterminación
y el derecho a disponer de nuestro cuerpo sean principios
éticos.
andar comparte los valores laicos que animan a la ciencia
en su búsqueda de verdades. En la medida en que los
desarrollos científicos y técnicos ofrezcan
nueva información y aumenten las posibilidades de
los seres humanos de ejercer su autonomía, los valores
laicos cobran relevancia. Un ejemplo ilustrativo de preeminencia
de un valor laico en nuestro país es el uso de anticonceptivos:
aunque la moral católica, todavía hoy a principios
del siglo XXI, considera pecado el uso de métodos
anticonceptivos y los prohíbe a todos, con excepción
del método natural del ritmo y la abstinencia, la
mayoría de la sociedad mexicana no comparte esa opinión
y tres cuartas partes de las mujeres en edad fértil
usan métodos anticonceptivos. Es obvio que las acciones
de ciudadanas y ciudadanos han ido ampliando y transformando
los márgenes de lo que se considera moralmente aceptable.
De
las interpretaciones existentes sobre bioética, andar
se ubica en la perspectiva laica, que reivindica que las
personas deben ser responsables de sus acciones. Al respecto,
un problema importante es el distanciamiento entre los códigos
legales existentes y las nuevas pautas éticas. Esta
brecha establece un margen de ilegalidad para quienes comparten
la perspectiva científica que privilegia la vida
consciente sobre la vegetativa.
La
posición que andar adopta ante los problemas bioéticos
implica asumir que hay dos lados del problema: el de la
vida y el de la muerte, y que reformular uno implica modificar
el otro. Este conflicto se empieza a resolver en las sociedades
cultural y políticamente más avanzadas, mediante
el reconocimiento de los gobiernos al derecho de cada persona
a decidir sobre su vida.
andar
subraya la urgencia de anticiparse a los problemas que plantea
la bioética y la necesidad de establecer reglas claras
de convivencia y nuevas obligaciones morales. Este reconocimiento
lleva a estructurar nuevas obligaciones éticas, que
tomen en consideración a los derechos humanos, y
que impliquen cambios acordes con una aspiración
común: la reducción del sufrimiento humano.
De eso trata también el debate bioético.