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Bioética

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Hojas informativas producidas por la
Alianza Nacional por el Derecho a Decidir
andar - en el año 2002.


A partir de los años setenta, los profesionales de la medicina de sociedades desarrolladas -ante la creciente complejidad de su quehacer cotidiano y al no estar de acuerdo con una legislación que consideraban atrasada de cara a los avances científicos- iniciaron, junto con algunos juristas, una reflexión sobre la ética médica. De ahí surge el término de "ética biomédica" y, posteriormente, cuando se relacionó el debate de la medicina con otras áreas del conocimiento, la expresión "bioética" empezó a cobrar fuerza.1

Tres preocupaciones definen a la bioética:



1. la generación de vida (con el advenimiento de las nuevas tecnologías reproductivas y los experimentos en ingeniería genética);
2. la prolongación de la vida (mediante el transplante y la donación de órganos y también con investigaciones en ingeniería genética); y
3. la interrupción de la vida, en términos de la búsqueda de una "muerte buena" (la eutanasia o el aborto).


Las interrogantes que se plantea la bioética tienen relación no sólo con la libertad de la ciencia sino, sobre todo, con un problema de conciencia -tanto de la comunidad científica como de cualquier persona- ante el dilema moderno entre la libertad individual y la responsabilidad social. Si bien el campo de las cuestiones bioéticas está relativamente bien definido, sigue siendo muy difícil establecer un código ético que alcance consenso como para tener valor legislativo. El rango de las cuestiones biológicas es amplísimo y muchas de ellas generan inquietud y temor: el transplante de órganos de donantes vivos o muertos; la prolongación terapéutica o la suspensión definitiva de asistencia mecánico-tecnológica a la vida de enfermos en coma irreversible o con muerte cerebral; la reproducción asistida y la interrupción y manipulación de embarazos; y la investigación genética, especialmente la relativa a la codificación de los mensajes reproductivos.

El desarrollo tecnológico y científico avanza mucho más rápido que las normas jurídicas. En estos momentos, una parte sustantiva del debate bioético que suscita gran polémica es la posibilidad de decidir sobre la interrupción de procesos de vida en sus dos variaciones: el aborto y la eutanasia. En la aceptación de estas cuestiones, relativamente poco complejas científica y tecnológicamente, está en juego precisamente toda una concepción del ser humano y del mundo.

La oposición a intervenir en los procesos de vida se basa en el dogma religioso que define que la mujer y el hombre no dan la vida, sino que son depositarios de una voluntad divina. De ahí que la jerarquía católica considere que desde el momento de la fecundación, el ser humano en formación tiene plena autonomía y que el cuerpo de la mujer es un "mero instrumento divino"; y por eso sostiene también que, desde ese mismo momento, el producto en formación es absolutamente equiparable a un ser humano, pues desde el primer instante tiene "alma". Esta perspectiva religiosa se contrapone a otra que no acepta un destino impuesto por una voluntad sobrehumana, que se apoya en la ciencia para definir los límites neurológicos de la vida consciente, y que considera que no se puede imponer al conjunto de la sociedad las creencias religiosas como leyes divinas, sino que hay que regirse por acuerdos sociales, por leyes humanas.

El entrecruzamiento de estas líneas confronta la postura de la fe con la perspectiva de la ciencia. A la aceptación incuestionada del concepto "vida", formulado de manera unívoca desde la posición católica institucional, se contrapone una perspectiva científica que establece una diferencia entre la vida vegetativa y la vida consciente con base en la actividad cerebral, y la consideración de otros elementos como la calidad de la vida, la responsabilidad individual y la libertad. Por eso la bioética no conduce a establecer un manual de reglas o prohibiciones, sino que lleva a replantear el sentido de la existencia. "La bioética no es un repertorio de censura, sino la manifestación del empeño en dar sentido a la propia libertad del paciente. Es la preocupación constante por hacer el bien, de orientar la acción y no desentenderse de ella. En síntesis, es el mantenimiento equilibrado entre libertad y responsabilidad".2

Esta perspectiva define que la condición principal para la decisión de interrumpir o no un embarazo es la libertad de conciencia. Y un número creciente de católicos practicantes, inclusive monjas, teólogos y sacerdotes, están coincidiendo con ello y manifestando públicamente su discrepancia con la jerarquía de la Iglesia católica. Enfrentándose a la cerrazón del Vaticano, la argumentación de estos grupos católicos progresistas3 sobre el derecho a elegir de acuerdo con la propia conciencia ha abierto un camino de esperanza para los millones de mujeres creyentes que han abortado, y que seguirán abortando, y también para los hombres de fe que las han apoyado, y que continuarán haciéndolo.

Aunque muchísimas personas se asumen como creyentes y viven su fe y sus experiencias religiosas, es evidente que la religión ha dejado de ser la fuente de autoridad moral que una vez fue: los códigos morales basados en dictados divinos ya no guían, necesariamente, las conductas del mundo moderno. Además, ni siquiera dentro de una misma religión hay acuerdo total sobre cuestiones morales. Esto se ha hecho evidente en las divisiones entre judíos ortodoxos y no-ortodoxos; en la gran variedad de posturas de la teología protestante y en el número cada vez mayor de creyentes que no acata los preceptos y prohibiciones de la jerarquía católica; así como en el surgimiento de grupos católicos que discrepan con la postura del Vaticano y que analizan cómo han cambiado históricamente las ideas morales en la Iglesia católica.

Además de las divisiones al interior de las religiones, desde hace por lo menos dos siglos la cultura occidental se ha ido secularizando y esto ha afectado tanto al orden social como a las creencias y valores. La paulatina, pero sostenida, secularización4 ha permitido asumir que el poder no proviene de un dios sino de las propias personas. Antes, en México, había un único código moral, el católico; hoy coexisten varios.

1 El término bioética, propuesto en 1971, se refirió en principio a la ética de la vida. Rápidamente surgieron grupos religiosos que tomaron la bandera de la bioética para defender sus visiones particulares. Como no hay una sola moral, tampoco ha sido posible promover una sola bioética. Por eso es que, poco a poco, la bioética se ha ido viendo más como la ética de la investigación biológica.

2 Santiago Dexeus y Gloria Calderón, "Legislación y técnicas de fecundación asistida. Punto de vista del científico" en Vicente Altaió y Anna Veiga (comps.), In Vitro a debat, Barcelona, Fundació Joan Miró-Generalitat de Catalunya, 1992.

3 En México existe el grupo Católicas por el Derecho a Decidir, que recibió en abril del 2002 el décimo premio nacional Don Sergio Méndez Arceo, otorgado a luchadores en Derechos Humanos por un conjunto de 42 organizaciones no gubernamentales de inspiración católica. Esto es, a todas luces, una validación de la postura sobre derechos sexuales y reproductivos de esta organización.


4 La secularización es el proceso que convierte a una cosa eclesiástica en no eclesiástica. El término secularización se aplica al abandono de creencias religiosas y a la difusión de una racionalidad basada en la ciencia.

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ANDAR | Alianza Nacional por el Derecho a Decidir | México, Enero 2007