El desarrollo tecnológico
y científico avanza mucho más rápido
que las normas jurídicas. En estos momentos, una
parte sustantiva del debate bioético que suscita
gran polémica es la posibilidad de decidir sobre
la interrupción de procesos de vida en sus dos variaciones:
el aborto y la eutanasia. En la aceptación de estas
cuestiones, relativamente poco complejas científica
y tecnológicamente, está en juego precisamente
toda una concepción del ser humano y del mundo.
La oposición a intervenir
en los procesos de vida se basa en el dogma religioso que
define que la mujer y el hombre no dan la vida, sino que
son depositarios de una voluntad divina. De ahí que
la jerarquía católica considere que desde
el momento de la fecundación, el ser humano en formación
tiene plena autonomía y que el cuerpo de la mujer
es un "mero instrumento divino"; y por eso sostiene
también que, desde ese mismo momento, el producto
en formación es absolutamente equiparable a un ser
humano, pues desde el primer instante tiene "alma".
Esta perspectiva religiosa se contrapone a otra que no acepta
un destino impuesto por una voluntad sobrehumana, que se
apoya en la ciencia para definir los límites neurológicos
de la vida consciente, y que considera que no se puede imponer
al conjunto de la sociedad las creencias religiosas como
leyes divinas, sino que hay que regirse por acuerdos sociales,
por leyes humanas.
El entrecruzamiento de estas
líneas confronta la postura de la fe con la perspectiva
de la ciencia. A la aceptación incuestionada del
concepto "vida", formulado de manera unívoca
desde la posición católica institucional,
se contrapone una perspectiva científica que establece
una diferencia entre la vida vegetativa y la vida consciente
con base en la actividad cerebral, y la consideración
de otros elementos como la calidad de la vida, la responsabilidad
individual y la libertad. Por eso la bioética no
conduce a establecer un manual de reglas o prohibiciones,
sino que lleva a replantear el sentido de la existencia.
"La bioética no es un repertorio de censura,
sino la manifestación del empeño en dar sentido
a la propia libertad del paciente. Es la preocupación
constante por hacer el bien, de orientar la acción
y no desentenderse de ella. En síntesis, es el mantenimiento
equilibrado entre libertad y responsabilidad".2
Esta perspectiva define
que la condición principal para la decisión
de interrumpir o no un embarazo es la libertad de conciencia.
Y un número creciente de católicos practicantes,
inclusive monjas, teólogos y sacerdotes, están
coincidiendo con ello y manifestando públicamente
su discrepancia con la jerarquía de la Iglesia católica.
Enfrentándose a la cerrazón del Vaticano,
la argumentación de estos grupos católicos
progresistas3 sobre el derecho a elegir de acuerdo con la
propia conciencia ha abierto un camino de esperanza para
los millones de mujeres creyentes que han abortado, y que
seguirán abortando, y también para los hombres
de fe que las han apoyado, y que continuarán haciéndolo.
Aunque muchísimas
personas se asumen como creyentes y viven su fe y sus experiencias
religiosas, es evidente que la religión ha dejado
de ser la fuente de autoridad moral que una vez fue: los
códigos morales basados en dictados divinos ya no
guían, necesariamente, las conductas del mundo moderno.
Además, ni siquiera dentro de una misma religión
hay acuerdo total sobre cuestiones morales. Esto se ha hecho
evidente en las divisiones entre judíos ortodoxos
y no-ortodoxos; en la gran variedad de posturas de la teología
protestante y en el número cada vez mayor de creyentes
que no acata los preceptos y prohibiciones de la jerarquía
católica; así como en el surgimiento de grupos
católicos que discrepan con la postura del Vaticano
y que analizan cómo han cambiado históricamente
las ideas morales en la Iglesia católica.
Además de las divisiones
al interior de las religiones, desde hace por lo menos dos
siglos la cultura occidental se ha ido secularizando y esto
ha afectado tanto al orden social como a las creencias y
valores. La paulatina, pero sostenida, secularización4
ha permitido asumir que el poder no proviene de un dios
sino de las propias personas. Antes, en México, había
un único código moral, el católico;
hoy coexisten varios.
1 El término bioética,
propuesto en 1971, se refirió en principio a la ética
de la vida. Rápidamente surgieron grupos religiosos
que tomaron la bandera de la bioética para defender
sus visiones particulares. Como no hay una sola moral, tampoco
ha sido posible promover una sola bioética. Por eso
es que, poco a poco, la bioética se ha ido viendo
más como la ética de la investigación
biológica.
2 Santiago Dexeus y Gloria
Calderón, "Legislación y técnicas
de fecundación asistida. Punto de vista del científico"
en Vicente Altaió y Anna Veiga (comps.), In Vitro
a debat, Barcelona, Fundació Joan Miró-Generalitat
de Catalunya, 1992.
3 En México existe
el grupo Católicas por el Derecho a Decidir, que
recibió en abril del 2002 el décimo premio
nacional Don Sergio Méndez Arceo, otorgado a luchadores
en Derechos Humanos por un conjunto de 42 organizaciones
no gubernamentales de inspiración católica.
Esto es, a todas luces, una validación de la postura
sobre derechos sexuales y reproductivos de esta organización.
4 La secularización es el proceso que convierte a
una cosa eclesiástica en no eclesiástica.
El término secularización se aplica al abandono
de creencias religiosas y a la difusión de una racionalidad
basada en la ciencia.